Lo siento, he dejado de ser interesante. Me he vuelto aburrida como las páginas de inicio de una revista de Economía. Lo sé, se veía llegar, en cierto modo sabía que no duraría mucho.He dejado de ser interesante, ya no me fijo en esas pequeñas cosas que llaman la atención. No cuento los pasos antes de llegar a mi casa, ni digo que mi café preferido es del Starbucks y que sin él, el mundo no sería mundo y yo no podría vivir. Lo siento mucho, ya no soy una bohemia que lanza fotos a sus pies y pone una frase de una vieja película del celuloide. Lo sé, el chocolate con almendras ya no es mi pasión oculta como aquellas instantáneas de película independiente que siempre veo en versión original.Y es así, ya no puedo ser especial porque ya no colecciono viejos tickets de metro, postales de Nueva York y algun que otro sello de las miles de cartas que un día llegué a mandar. Y no, ya no aprecio los pequeños besos, no le doy importancia a las sonrisas, a cuando me tocan el pelo. No digo cuanto me gusta que me miren a ojos mientras me hablan, y lo nerviosa que me ponen cuando buscan en el techo las musarañas y la divina inspiración de la conversación.No es de modernos, ya no es de bohemios buscar canciones que nadie conoce y sacarlas a la luz. No es curioso aquel párrafo que traducía a la vez que montaba en bici, porque llevar gafas de sol con camisa de cuadros pasó a otra época.Y no, ya no podré hacerme la interesante, ni que un desconocido me diga lo especial que parezco porque crea encontrar un punto de similitud con mis palabras. Ya no, realmente no lo quiero. Me he vuelto aburrida, absorta en la normalidad del día a día. Ya no compondré imágenes de viejos vinilos, ni de un radiocassette de mis padres. No modernearé con un discman al más puro estilo noventero para intentar demostrar cuanto me gustó esa época.No alardearé de mi curiosidad instantánea, ni rebuscaré entre mil páginas de internet para prenteder entrar en el entorno guay de las redes sociales de la web.Soy aburrida, ni seré antigua, ni moderna, ni retro, ni moderna ni cualquier otra cosa que alguien sin conocerme pueda "creer" que con eso me conoce. He dejado a un lado las aficiones infantiles que le daban un toque divertido. Me he vuelto aburrida, ya no hablo con mis mascotas imaginarias ni me hago fotos dentro de una bañera. Alejo mis pensamientos dejando de fumar en pipa.Las fotos ya no son sepia, ni en blanco y negro, ni distorsionadas, ni al más puro rollo vintage de moderneo absurdo. Ya no vivo en la ambigüedad de quien relata su condicion sexual entre líneas, sin miedo a decir que te puedes enamorar de un hombre o una mujer. He abandonado las vergüenzas de quien entre metáforas y paralelismos compara a una persona especial con un libro de su mesilla.No discuto sobre políticas que no conozco. Y empiezo a odiar a todo aquel que sin conocer critica, y criticando cree verse correspondido como si se identificara con todo lo que lee.Lo siento, he dejado de ser interesante. Pido perdón; mea culpa
26/2/09
24/2/09
Una carta

Las cartas son un vínculo que compartes con alguien más. Hay cartas y cartas. Muchas las escribes y no las llegas a enviar, no sabes bien porqué. Siempre he creído que cuando escribes algo, por muy personal que sea, en el fondo, sientes la necesidad innata de que ese algo es para alguien. Que, aunque reprimas entre vergüenzas y sentimiento de lo que para uno es propio, quieres que sea leído.
A veces, bueno, demasiadas veces, se escribe aquellas cosas que un día no supiste decir. Todo lo que se te pasa por la cabeza en forma de imágenes y escenas perfectas donde te acompaña el don de la palabra. Pero simplemente son sueños que no puedes recrear en la realidad, y nos abstraes.
Una dirección y un remite. Un sello, unas cuantas cosas, y una letra curvada hacia la derecha, con las líneas torcidas hacia arriba, porque escribir es imaginar, e imaginar es poner una cara a ese sueño.
Me carteé por primera vez con un amigo de la playa, Jéremy de Paris. Me acuerdo que le mandé un dibujo de bart simpson que copié de un libro que tenía, me mandó en respuesta una carta escrita en francés con un boceto de mi nombre hecho a lápiz. Con los cambios de sitio, y antes de meterme en las nuevas tecnologias, me pasé años y años escribiendo cartas a mis amigos. Era un vinculo mucho más cercano que recibir un toque o un sms al movil. Mas cercano que una llamada y más distante que pasar una tarde en un césped, pero me confortaba.
Ha pasado bastante tiempo y aun sigo escribiendo alguna carta de vez en cuando. Releo las antiguas y me doy cuenta de que las cosas cambian, lo que se escribe, lo que no se escribe, lo qeu se quiere decir y lo que al final no se dice. Te reprochas por mandar una carta que no tuviste que mandar, y esperas algún día mandar otra.
9/2/09
Ese día...

...hacía frio, pero a mi me daba igual. No era ni verano, ni tampoco primavera. Las estaciones se habían aliado de tal manera, que el sol tras los cristales me calmaba. Sin embargo al tocar la ventana con la yema de mis dedos, podía sentir que el invierno se acercaba. Lentamente.Los viajes en autobus suelen ser cálidos y calmados. Hallo una perfecta sintonia entre el asiento y el cristal. Me recuesto y enseguida encuento el sueño.Aquel día, no pude dormir. Entre otras cosas tuve que lidiar con una pasajera algo habladora. En su intento de halagarme, me dijo que parecía que tenía 15años, como el amor de juventud. Rectificó, y me dijo: "tu edad mental es distinta".Continuó explicandome que me parecia a la ex novia de su hijo, Cristina, una chica habladora y algo artista. Me sorprenden las comparaciones, son tan subjetivas como elocuentes. Y aunque a veces suenan disparatadas, siempre hay un punto de conexión que no sabes bien si lo has buscado adrede, o es que realmente existe como tal.Al llegar a la estación sentí una especie de alivio, aunque aun me quedaba por explicarle las dichosas líneas de metro que nunca me aprendo. Un lio de colores en torno a paradas de madrid. Me preguntó mil veces, se lo repetí, y aún así, le acompañé. Soy tan asín que a veces no sé muy bien como desentenderme.Corrí con la maleta. Tenía razón, hacía frío. Pero más bien era una sensación.Me encaminé, me miraba los pies, y en una sala rodeada de gente, ví mil caras pasar. Una tras otra. No reconocia ninguna. Y me sentía demasiado pequeña. Me apartaba, me giraba. Me coloqué en un rincón. Volví al pasillo, retrocedí. Pensé que quizás, por una vez en mi vida, había llegado antes de tiempo.Esperé, y entre titubeos saqué el movil. Lo miro, lo cojo, lo guardo y lo vuelvo a mirar. Contesto. ¿Sí? Ya te veo... Y ese día hacía frío, pero a mi me daba igual.
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